No es posible verlo llegar, ni verlo irse. Es la velocidad lo que lo impide: se mueve con la lentitud de un reloj. Llegará a la muerte de manera imperceptible; y tarde.
Se desplaza como un río de pampa. Sabe sólo construir en sedimentos y su reino, su cuerpo, él mismo, son un delta tibio. Opaca su piel delicadamente cada mañana en prolijos y sistemáticos aseos, despreciando exhuberancias y brillos. Se las arregla para que el sol lo ilumine sin estridencias.
Llega sin avisar, silencioso. Es como un río triste pero debe decirse: nunca se detiene. Hoy está aquí y mañana a tres pies de aquí. Pero no será el mismo. De las leyes del universo solo esta respeta.
La lentitud de sus aguas permite el reflejo y el se mira embelesado. El es el cielo, el es los otros, el es las historias de los otros. Se relame en sus aceitosos remolinos. Su reino no es vasto: es total. No reclama consciencia sobre los otros, no la necesita. ¿Le alcanza su existencia? No, pero no lo sabe. Usa a los otros sin distinguirlos. En sus fantasías, cada una de sus mujeres es un miembro de su cuerpo.
En alguno de los hechizos de la niñez, cuando los magos nos dibujan, alguna de las palabras del conjuro fue mal pronunciada. El se atoró en la maravilla de descubrirse y se mantuvo opaco. Todos los otros, frente a él, dudamos de nuestra existencia.
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